He llegado a Sevilla invitado por su Festival de Títeres, para dar una conferencia (ver aquí en Titeresante). Pues aunque ya no actúo, sigo haciendo 'bolos' de conferenciante o de 'voyeur' titiritero, para hablar y escribir sobre lo que veo. Juan Luís Clavijo, el director que ha substituido a la veterana Guadalupe Tempestini, creadora del Festival y directora del mismo durante muchos años, ha empezado con muchas ganas su nueva etapa de programador. Pero sabe muy bien que los festivales no son sólo los espectáculos, sino que hay que vestirlos con exposiciones, charlas, encuentros y conferencias.
Y como hago siempre cuando llego a una ciudad, busco visitar
algunos de sus rincones más pintorescos e indispensables. Y el rastro, que aquí
se llama Jueves, es uno de ellos.
¿Jueves? Pues sí: no es el sábado ni el domingo ni el lunes
los días que Sevilla dedica al mercadillo de viejo, sino el jueves. Por eso lo han
llamado así, uno de los mercados más antiguos de España, pues desde la
conquista de la ciudad por el rey Fernando III, en el siglo XIII, se abre cada
jueves para comprar y vender lo que la gente tira o ha dejado de usar, o lo que
queda en las casas cuando fallecen sus últimos ocupantes. El Jueves es el
rastro de Sevilla que la ciudad ha instalado en la calle Feria, muy cerca de la
Alameda, en un barrio antiguamente marginal y hoy de moda, muy frecuentado por
la juventud.
Todavía existe la idea en ciertos ambientes de que los
mercadillos de viejo deben esconderse, pues muestran las 'vergüenzas' que las
ciudades esconden en sus casas y de las que buscan deshacerse de vez en cuando
o al terminar un ciclo de vida, vendiéndolas por cuatro duros en la calle. Pero
también es verdad que cada día son más los que se sienten orgullosos de estos
mercados, al valorizar este tipo de mercancías que combinan su necesidad de uso
con otras necesidades más intangibles como son la memoria, el recuerdo, la
nostalgia o la salvaguarda de lo que marca épocas y tiempos. Quizás por eso se
ha mantenido el Jueves donde está, sin intentar sacarlo del centro.
El Jueves es, en efecto, un mercadillo consciente de tener
estas dos caras, de modo que más que esconderse, busca mostrarlas con orgullo
para sacarles el máximo provecho. Pues un mismo objeto tiene diferente precio
según se valore su uso o su memoria. La cara del comprador suele indicar por
dónde andan sus necesidades. Si son utilitarias, lo mejor es ir al grano y
vender rápido. Si se interesa por lo invisible que contiene el objeto, entonces
habrá que regatear, pues en este mercado -como en todos los rastros-, lo
invisible pesa mucho más que lo visible. De ahí que algunos llamen a estos mercados 'teatro o mercado de las maravillas', en claro homenaje a la famosa novela de Cervantes que lleva el mismo nombre.
Es así como la calle Feria se llena cada jueves de puestos
de venta de objetos de todo tipo, desde los más humildes y anodinos que
podríamos considerar despojos y desechos de lo que queda cuando se vacía un
piso, hasta piezas de un cierto valor que se ofrecen como antigüedad. Y como es
propio que suceda en estos casos, la misma calle contiene no pocas tiendas
especializadas en la compra y la venta de lo viejo y de lo antiguo, con profusión
de objetos, esculturas y pinturas de tema taurino, flamenco y sevillano, que
deben ser los más buscados por los coleccionistas amantes del ‘souvenir’ de
calidad.
No podíamos dejar de referirnos al 'souvenir' estando en una
ciudad tan propensa a la rica industria del recuerdo. Sus tópicos siguen dando
importantes réditos: toros, tabaco, flamenco, Semana Santa, iglesias, pícaros,
contrabandistas, morería y gitanería. Tópicos que se encarnan en casas, piezas
de arte, jardines, palacios, calles, bares, plazas, iglesias y eventos.
Cada sevillano se identifica con alguno de estos tópicos,
que no dejan de ser las indispensables señas de identidad que definen la ciudad.
Y por lo general, el que se inclina por un gusto determinado, reniega del de al
lado. El conglomerado de toros, flamenco, gitanería y Semana Santa parece
que funciona muy bien en una parte substancial de la ciudadanía, aunque no en toda,
por supuesto, pues bien sabido es el odio que sienten por este paquete muchos que
huyen de la ciudad cuando se acercan sus fechas de exaltación señalada.
En el Jueves, estos elementos definitorios, sean del bando
que sean, están muy bien representados. Los coleccionistas se vuelven locos por
determinados carteles de toros, por estatuillas de toreros o cantantes de flamenco
destacados, o por objetos que hablan de estas aficiones pintorescas. Pero
también están los amantes del libro viejo y singular, del objeto que despierta una
fijación fetichista, los interesados en una época, una guerra, una rebelión o
una efemérides concreta. Cuadros, abanicos, ceniceros, llaveros, botellas,
panderetas, picaportes, relojes de pared o de mesa, platos de cerámica, jarras,
monedas, figuras de bronce o de madera, capotes, espadas, cabezas de toro,
gorras, muñequitos, magnetos, carteles, libros, postales, sellos, revistas,
fotografías... Y todo el largo etcétera de los objetos de utilidad, que los hay
a miles y a cuál más raro y variopinto.
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El Vizcaíno. |
Indispensable es detenerse en la taberna El Vizcaíno para
tomar en ella una caña y unos altramuces, cosa que hice yo con religiosa
diligencia, una barra situada en paralelo a la calle y que permite ver la plaza
de Monte Sion que se abre al frente con el despliegue de sus puestos de venta.
Vendedores y compradores vienen a resarcirse y a tomar un respiro en la sombra
fresca del bar, con la conciencia clara de quien sabe estar cumpliendo con una
costumbre ancestral de muchas generaciones de uso.
No compré nada en esta mi primera visita al Jueves, pues no
era mi objetivo, pero salí de la calle Feria saciado de sabores que me hablaban
del espíritu popular de todos los Jueves, Rastros, Encantes, Baratillos y
Ferias de Ladra que abren en canal y llenan de poesía las urbes de nuestro
Mosaico Ibérico, sin distinción de tiempos.
Al estar alojado en casa del titiritero Tomás Pombero y
mientras charlábamos sobre el Jueves y otros mercados españoles de viejo, se
acordó Tomás de un texto del también titiritero sevillano Julio Martínez
Velasco (de la compañía Pipirijaina del Titirimundi) publicado en la
recopilación de ponencias y debate del 2º Congreso de Titiriteros de Unima
Federación España realizado en Sevilla en el año 1995.
Cuenta Martínez Velasco que siendo estudiante de
bachillerato, al ver un día a un viejo titiritero ‘malvender sus títeres por
cuatro perras a un chamarilero en un mercadillo callejero de trastos viejos, el
Jueves de la calle Feria’, se esforzó por comprarlos y devolverlos así al pobre
trujamán. Lo buscó en la pensión donde se alojaba, pero llegó tarde: por lo
visto, había muerto. Juró entonces que ocuparía el puesto de aquel hombre. Y
acabó siendo titiritero de por vida.
Una hermosa y triste historia de títeres, rastros y Jueves.
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