sábado, 26 de mayo de 2018

El error y la tentación nacionalistas


La exaltación de la diferencia puede llevar a errores y tentaciones importantes. Errores propios de una época como la nuestra, en la que por primera vez en la historia la persona humana se enaltece en la afirmación individualista de su paso por la vida. Lo singular de cada uno se hace sujeto y paladea la libertad. Empezó con el Renacimiento, a través de la fusión entre la herencia greco-romana y el cristianismo, y continuó con el Romanticismo y el arranque del nuevo régimen burgués y su expansión capitalista por el mundo. 

La Tía Norica, de Cádiz.
Los nacionalismos nacidos en el siglo XIX substituyeron a las monarquías y entronizaron la nación como nuevo sujeto colectivo. Los individuos fueron dueños de sus destinos pero bajo el mando colectivo de la nación: cada uno en su cubículo y con su tribu. La historia de esta emergencia es bien conocida: las disputas que antes eran entre monarcas, lo fueron entre las masas nacionales y sus élites burguesas o burocráticas, iniciándose la larga carrera bélica de los siglos XIX, XX y XXI.

También es bien sabido cómo la Unión Europea  ha intentado dar un paso adelante en la convivencia de pueblos y naciones, al crear una red de redes territoriales unidas por un marco de leyes compartidas. Lo mismo puede decirse de España tras el fin de la Dictadura, con la nueva Constitución de lo que se llama el Estado de las Autonomías, un intento de aunar las diferencias hispánicas bajo un pacto de mínimos y de máximos que es el paraguas constitucional. Y lo mismo cabe decir de Portugal, con su especificidad política.

Puesto de venta en la Feria de Ladra de Lisboa.
Pero es evidente que la pulsión por distinguirnos sigue latente y más viva que nunca, acuciada como está por el empuje globalizador que excita la afirmación individualizadora de pueblos y culturas. Un apremio en aumento debido en parte a la competitividad turística: lo singular es hoy un valor no sólo cultural sino económico. De ahí que las pulsiones nacionalistas vuelvan a levantar cabeza en Europa con inusitado brío, mientras en este pequeño laboratorio de las diferencias que es España y la Península Ibérica, sucede otro tanto, con el recurrido caso de la inflamación catalana de los últimos años como ejemplo.

De ahí que podamos hablar de 'tentación nacionalista' a la que recurrir, especialmente en aquellos lugares donde existe una tradición al respecto que se arrastra desde la época de la creación de naciones en el siglo XIX.

Los gigantes antiguos de Olot, Cataluña
Lo hemos llamado 'tentación' y también 'error', por dos razones principales: primero porque apelar a la nación en el sentido tradicional exige crear y envolverse de uno o varios enemigos para su afirmación -pues tal es la esencia del sentir nacionalista, que se afirma en contraposición al otro-, lo que está en contra del gran proyecto civilizador que es la Unión Europea, a pesar de sus muchos defectos y reformas pendientes. Y segundo, porqué hoy en día, la distinción de lo singular y su defensa, enmarcadas en la actual nueva línea individualista de la Historia, que se afirma sin cortapisas y ya fuera de los marcos nacionales, debe aceptar el reto de 'cómo las diferencias pueden y deben convivir entre sí', desde el respeto, la tolerancia y la amistad. Un nacionalismo que acepta estas dos premisas, es decir, capaz de afirmarse sin enemigos y de aceptar convivir con la diferencia interior y exterior, deja de ser nacionalista y se convierte en algo nuevo, en una nueva forma de afirmar la libertad de la diferencia desde la aceptación de la libertad de los demás en sus múltiples distinciones. 

Una paradoja o una contradicción, sin duda, pues lo diferente, en su pugna afirmativa, hasta ahora siempre ha separado y jamás unido. El reto de estos laboratorios de la diferencia que son Europa y la Península Ibérica en su conjunto, es superar la tentación nacionalista para proponer la pulsión distintiva como un común denominador que incumbe a la libertad de todos. 

Museo de las Hogueras de Alicante (falla anmistiada).
Un reto que los pueblos y los individuos hispánicos llevan tiempo trabajando en lo que nosotros llamamos el Mosaico Ibérico de las diferencias: este aglomerado burbujeante de propuestas e iniciativas que compiten entre sí con ferocidad imaginativa para ver cuál sobresale con más ímpetu hacia la excentricidad que une. Pues se cumple aquí una ley básica: la creación de lo extravagante es lo que une a las personas por encima de credos, lenguas y culturas. Monumentos como la Sagrada Familia, la Alhambra, el Museo del Prado, el Museo Dalí, la Semana Santa de Sevilla, las Fallas de Valencia, o la misma ciudad de Lisboa, son ejemplos claros.

Frente a esta exaltación de la creatividad que compite con sano talento en sus afirmaciones de singularidad para integrar en su seno las diferencias más extremas, el nacionalismo impone barreras, bandos, frentes, homogeneidades y fronteras. He aquí su gran error y su gran dislate, capaz de enardecer con las grandes emociones patrióticas de la Nación a millones de personas, y despreciar como enemigos, blandos, traidores o equidistantes a los que buscan el matiz, la diferencia individual, la extravagancia creadora, la unión de lo diferente y hasta de lo opuesto, la convivencia de lo distinto y de la gradación sutil. La libertad individual, en definitiva, frente al acoso del sujeto colectivo que es la Nación. 

Cabezas de madera, Museo de la Plaza de Toros de la Maestranza, de Sevilla
Por suerte, el Mosaico Ibérico cuenta con poderosos anticuerpos: las individualidades creadoras capaces de ir más allá de cercos, parcelas, intereses y campanarios, con visiones universales que consiguen unir sin pretenderlo. Individualidades pero también colectivos que se aferran a sus culturas particulares y las defienden a capa y espada, o con propuestas originales dotadas muchas veces de una gran potencia innovadora. Se trata de una tremenda ola de creatividad colectiva que se sustenta en las diferencias y que emerge gracias al marco de libertades existente hoy en los dos países de la Península Ibérica. Una emergencia de la libertad que, a nuestro modo de ver, constituye la trama y el nuevo lenguaje con los que los humanos del futuro vamos a tener que convivir desde las cada día más radicales diferencias.

El Mosaico Ibérico como laboratorio de las distinciones y como un taller práctico de aprendizaje de la convivencia en libertad del futuro.

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