jueves, 12 de abril de 2018

1- Entre la vida y la muerte

Danza de la Muerte en Verges, Girona.
Un gran tema recorre el subsuelo arquetípico de la Península Ibérica, un contenido simbólico de potentes acuíferos que nutre una buena parte de las fiestas, las ocurrencias, las tradiciones y los jolgorios a los que se entregan sus habitantes. Es el tema de la Muerte, que se presenta con mil caras diferentes para recordarnos a todos que los humanos somos seres mortales, atrapados por el tejido del tiempo y arrastrados por él. La conciencia de nuestra dimensión temporal finita es una constante en todas las tradiciones culturales del mundo, pero en suelo ibérico adquiere un relieve de peculiar intensidad que tiñe el conjunto de tonos graves, sombríos a veces y otras alegres y jocosas, y por ello mismo, profundamente catárticos y cargados de una enorme vitalidad.

Toros, la Semana Santa, las Danzas de la Muerte, los Rastros, Encantes y Baratillos, las romerías de Muertos Vivos, los osarios y los varios cultos a los muertos, se inscriben en esta corriente de onda larga que podríamos definir 'Entre la Vida y la Muerte'. Los matices de cómo expresamos nuestra autoconciencia del morir son tantos como personas y culturas existen en este mundo. Somos Naturaleza, nacer y morir es nuestra ley, la rueda que mueve y mantiene la vida.

Procesión de Semana Santa en la calle Hospital de Barcelona.
A su vez, al ser Naturaleza participamos de la diversidad propia del mundo de la vida, que gusta de repetir las formas siempre con sus variantes infinitas. La diferencia define el mundo natural, es el milagro de la vida en nuestro planeta. Pero mientras la Naturaleza es tiempo que se repite en ciclos, sujeta a los cambios aleatorios del azar mutante, los humanos somos tiempo que gusta pensar que se hace a sí mismo, que elabora ese discurso llamado Historia, que evolucionamos y nos transformamos según nuestros deseos y voluntades.



En realidad, existen dos maneras de saber que somos tiempo: la pasiva de quienes piensan que son vividos por el tiempo que nos arrastra, atrapados en un fatalismo que nos hace objetos de la existencia, y la activa de quienes piensan que ellos son tiempo finito libre, es decir, que tienen autoconciencia de la finitud y se sienten responsables del desarrollo de este tiempo, y quizás por ello, libres de avanzar por donde a uno se le antoje. La primera opción acepta la muerte, como no, pero lo deja como lo inevitable asumido, de modo que sus énfasis festivos irán dirigidos a exaltar la vitalidad. La segunda opción busca ritualizar los procesos de la muerte para sacar de ellos el empuje vital que les permita la libertad de reiniciar nuevos ciclos. Ambas opciones son complementarias e incluso intercambiables, se cruzan y se superponen entre sí, y marcan dos líneas difusas de contenidos simbólicos diferenciados que se reparten el calendario festivo del año.


El abordaje del tema de la vida y de la muerte en las costumbres y las fiestas populares será el objetivo de los próximos capítulos. La vivencia de la Muerte como catarsis de liberación, de conciencia  de la finitud, de aceptación, de rebeldía y de regeneración de la vida.

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