martes, 18 de diciembre de 2018

Segovia y el Acueducto


Llegué en tren desde Madrid en apenas media hora. ¡Inaudito! Un verdadero lujo para mí y para los madrileños. Para los segovianos, un alivio y un agobio. Alivio para los que tienen negocios, bares y restaurantes, agobio para los que quieren vivir en ella una vida tranquila de tiempos largos y poca gente. Pero en estas disputas, siempre llevan las de ganar los que apuestan por el alivio y gustan de ser visitados. Pues la queja de los que odian al turista y a la chusma dominguera es queja que en queja se queda, y tiene escasa solución. 

Arranque del Acueducto.
Quejas aparte, Segovia, por mucho que le pese, se define por el Acueducto. Para comprenderlo es necesario venir muchas veces, acudir sin verlo porque uno desprecia los tópicos de las ciudades, y éste es uno de los tópicos más explícitos de los que atañen a las ciudades de España. Pues es una ley que para amar, entender y ensalzar un monumento tienes antes que haberlo visto con indiferencia y hasta con inquina y malquerencia muchas veces para que un día, por fin, el tópico caiga como el envoltorio que deja al desnudo la maravilla que ocultaba.

Debo decir que conozco bien Segovia. La he visitado muchas veces como titiritero para actuar en su hoy famoso Titirimundi, cuando todavía no era tan conocido. Con Julio Michel, su director, me unía una larga amistad titiritera, junto a Lola Atance y a José Antonio Sanz. Juntos viajamos a Rusia dos veces, en viajes épicos, largos y dramáticos, el primero en 1990, justo dos meses antes de la caída de Gorbachov, cuando en el país no había nada en los mercados para comer. 


Con La Fanfarra, mi compañía de entonces, actuamos en el Festival infinidad de veces. Pero nunca el Acueducto llamó en exceso mi atención. Quizás porque era joven y tonto, o porque lo importante eran las funciones,  o las noches de intensa convivencia, con mucha bebida, charlas y bailoteos. Por eso era tan querido el Titirimundi por los titiriteros. Una vez, rodeé a pie toda la ciudad vieja por el monte fuera de la muralla, por encima del Monasterio de Santa María del Parral, luego por la Iglesia del Temple de la Vera Cruz, circundando el Alcázar, subiendo por los bosques que hay al otro lado de la ciudad, hasta meterme de nuevo por las calles y subir a la Catedral. Aires puros y una soledad magnífica. 


En mi última visita, alejado de mis obligaciones teatrales, aunque no titiriteras,  ya más maduro en edad, en un encuentro de Unima Federación España (la asociación de los marionetistas), me instalé en el Hotel Don Jaime, muy cerca del Acueducto. Y ha sido en esta ocasión, al caminar cada día desde el hotel hasta la Cárcel donde se realizaba el encuentro, cuando descubrí lo que realmente era el Acueducto. Vi cómo nace en el punto donde recogía antiguamente el agua que llegaba de las canalizaciones del monte, y cómo poco a poco se levanta su recorrido en una pared que se va alzando y necesita arcos que cada vez son más altos hasta alcanzar la tremenda altura cuando salva el declive del último tramo para llevar el agua a la ciudad, hoy la Ciudad Vieja. 


¡Impresionante! No hay palabras para describirlo. Todas se quedan cortas ante la magnitud de semejante obra. Parece que lo vea por primera vez. Y quizás lo he visto veinte o treinta veces, pero jamás seguí todo el recorrido desde su principio a su fin, ni me había realmente fijado en lo que era. Una obra de perfecta ingeniería romana de piedras colosales, hoy gastadas por el tiempo y la intemperie, pesadas en su base y que se levantan gráciles en su vuelo de altura aún siendo siempre pesadas y colosales…


Segovia fue, en mi primera etapa, sólo la ciudad vieja: la Plaza Mayor, el café La Concepción, el Alcázar, el restaurante José María, la calle Juan Bravo, la Casa de los Picos… Ignoraba lo que había al otro lado, donde el Acueducto se achata y se humaniza. 

La Plaza de Toros y La Cárcel. 


Dos edificios de impacto y de un peso fenomenal, que  ejercen de poderoso contrapunto a lo que era mi Segovia de antaño. La Plaza de Toros, desde fuera, parece un edificio romano antiguo, una especie de pequeño Coliseo medio en ruinas en el que no se ve nada nuevo ni moderno por fuera. Uno lo imagina abandonado. Y sin embargo, todavía funciona como plaza de toros. Cuando llegan las fiestas, de pronto se transforma en un lugar habitado, lleno de vida y de gente, con todos sus asientos llenos, con la banda que toca los pasodobles y la corneta que cambia los tercios de cada toro. Con los olés, los toreros y los bufidos de los toros.


La Cárcel es el otro edificio que acapara mi atención. Dejó de serlo hace unos años, imposible saber cuándo –nadie lo sabe, el Ayuntamiento, responsable de haberlo convertido en un Centro Cultural, no lo pone en ninguna de sus publicidades, algún motivo misterioso debe haber para que escondan esta fecha–, pero lo han mantenido intacto, han cambiado su uso, pero la estructura exterior e interior del edificio es la misma, con su centro panóptico y sus cuatro galerías de doble piso que se abren en estrella. Incluso han dejado el mismo frío que había cuando era cárcel, lo constato cuando se hacen representaciones en una de las galerías y actores y público nos congelamos con la terrible humedad que surge del suelo y de las celdas. 

La Cárcel de Segovia.
Marian, la sucesora de Julio Michel en la dirección del Titirimundi, me enseña las galerías de arriba, donde es peligroso pasar pues aún no están restauradas. Las celdas siguen intactas, sólo han sacado las camas y los cuatro enseres que habría. Sorprenden las dimensiones escasas, el hacinamiento obligado de los cuerpos. 

Entrada de La Cárcel.
Para los que ya vivimos en la era digital, la vieja cárcel  panóptica nos parece un edificio de siniestras mazmorras de la Edad Media. ¡Y apenas hace unos pocos años estaba repleta de presos! Pienso que es imprescindible que todos estos antiguos artefactos carcelarios sigan en pie transformados en otra cosa: son necesarios para conservar una escala correcta del tiempo. Lo importante es que el nuevo uso no oculte el viejo. Así se garantiza una doble visión de la realidad: el pasado revive y permite que, desde la libertad de no estar en la cárcel, nos encaremos hacia el futuro. 

Bueno, eso de no estar en ninguna cárcel siempre será relativo para los escépticos: el centro panóptico sigue ahí, nos dicen, hoy invisible en los nudos del Big Data que nos dirige y controla. No cabe duda que tienen razón. Y sin embargo, esa mirada hacia el futuro, o esa ilusión de abertura e indeterminación, cambia substancialmente la perspectiva. El Big Data nos arrastra, pero arrastra a todos, arrastradores incluidos. Y siempre cabe ir a los toros: los verdaderos aficionados encienden puros y apagan los móviles. 

Una de las galerías.
En todo caso, La Cárcel de Segovia se postula como un emplazamiento estratégico de los títeres. Por lo visto, era el sueño de Julio Michel. No sólo acoge las oficinas del Titirimundi, sino que busca ser Escuela y Museo. Espacio lo hay de sobra y las salas de teatro ya las tiene. Que lo consigan dependerá del ojo visionario  de los responsables municipales de la ciudad, y del entusiasmo que sean capaces de despertar los activistas titiriteros. Las condiciones son buenas y el lugar, inmejorable.

El Acueducto funciona de nuevo: no lleva agua pero me ha transportado del borde de la Ciudad Vieja al borde de la Cárcel y la Plaza de Toros. Cumple con su función de cruce, transporte y alimentación. El elemento líquido se ha convertido en mental. De ahí que el tapiz urbano de Segovia viva del telar de piedra que lo une y cose: el Acueducto.

lunes, 17 de diciembre de 2018

El Jueves de Sevilla



He llegado a Sevilla invitado por su Festival de Títeres, para dar una conferencia. Pues aunque ya no actúo, sigo haciendo 'bolos' de conferenciante o de 'voyeur' titiritero, para hablar y escribir sobre lo que veo. Juan Luís Clavijo, el director que ha substituido a la veterana Guadalupe Tempestini, creadora del Festival y directora del mismo durante muchos años, ha empezado con muchas ganas su nueva etapa de programador. Pero sabe muy bien que los festivales no son sólo los espectáculos, sino que hay que vestirlos con exposiciones, charlas, encuentros y conferencias[1]

Y como hago siempre cuando llego a una ciudad, busco visitar algunos de sus rincones más pintorescos e indispensables. Y el rastro, que aquí se llama Jueves, es uno de ellos.


¿Jueves? Pues sí: no es el sábado ni el domingo ni el lunes los días que Sevilla dedica al mercadillo de viejo, sino el jueves. Por eso lo han llamado así, uno de los mercados más antiguos de España, pues desde la conquista de la ciudad por el rey Fernando III, en el siglo XIII, se abre cada jueves para comprar y vender lo que la gente tira o ha dejado de usar, o lo que queda en las casas cuando fallecen sus últimos ocupantes. El Jueves es el rastro de Sevilla que la ciudad ha instalado en la calle Feria, muy cerca de la Alameda, en un barrio antiguamente marginal y hoy de moda, muy frecuentado por la juventud. 

Todavía existe la idea en ciertos ambientes de que los mercadillos de viejo deben esconderse, pues muestran las 'vergüenzas' que las ciudades esconden en sus casas y de las que buscan deshacerse de vez en cuando o al terminar un ciclo de vida, vendiéndolas por cuatro duros en la calle. Pero también es verdad que cada día son más los que se sienten orgullosos de estos mercados, al valorizar este tipo de mercancías que combinan su necesidad de uso con otras necesidades más intangibles como son la memoria, el recuerdo, la nostalgia o la salvaguarda de lo que marca épocas y tiempos. Quizás por eso se ha mantenido el Jueves donde está, sin intentar sacarlo del centro.

El Jueves es, en efecto, un mercadillo consciente de tener estas dos caras, de modo que más que esconderse, busca mostrarlas con orgullo para sacarles el máximo provecho. Pues un mismo objeto tiene diferente precio según se valore su uso o su memoria. La cara del comprador suele indicar por dónde andan sus necesidades. Si son utilitarias, lo mejor es ir al grano y vender rápido. Si se interesa por lo invisible que contiene el objeto, entonces habrá que regatear, pues en este mercado -como en todos los rastros-, lo invisible pesa mucho más que lo visible. De ahí que algunos llamen a estos mercados 'teatro o mercado de las maravillas', en claro homenaje a la famosa novela de Cervantes que lleva el mismo nombre.

Es así como la calle Feria se llena cada jueves de puestos de venta de objetos de todo tipo, desde los más humildes y anodinos que podríamos considerar despojos y desechos de lo que queda cuando se vacía un piso, hasta piezas de un cierto valor que se ofrecen como antigüedad. Y como es propio que suceda en estos casos, la misma calle contiene no pocas tiendas especializadas en la compra y la venta de lo viejo y lo antiguo, con profusión de objetos, esculturas y pinturas de tema taurino, flamenco y sevillano, que deben ser los más buscados por los coleccionistas amantes del ‘souvenir’ de calidad.


No podíamos dejar de referirnos al 'souvenir' estando en una ciudad tan propensa a la rica industria del recuerdo. Sus tópicos siguen dando importantes réditos: toros, tabaco, flamenco, Semana Santa, iglesias, pícaros, contrabandistas, morería y gitanería. Tópicos que se encarnan en casas, piezas de arte, jardines, palacios, calles, bares, plazas, iglesias y eventos. 

Cada sevillano se identifica con alguno de estos tópicos, que no dejan de ser las indispensables señas de identidad que definen la ciudad. Y por lo general, el que se inclina por un gusto determinado, reniega del de al lado. Aunque el conglomerado toros, flamenco, gitanería y Semana Santa parece que funciona muy bien en una parte substancial de la ciudadanía, aunque no toda, por supuesto, pues bien sabido es el odio que sienten por este paquete muchos que huyen de la ciudad cuando se acercan sus fechas de exaltación. 


En el Jueves, estos elementos definitorios, sean del bando que sean, están muy bien representados. Los coleccionistas se vuelven locos por determinados carteles de toros, por estatuillas de toreros o cantantes de flamenco destacados, o por objetos que hablan de estas aficiones pintorescas. Pero también están los amantes del libro viejo y singular, del objeto que despierta una fijación fetichista, los interesados en una época, una guerra, una rebelión o una efemérides concreta. Cuadros, abanicos, ceniceros, llaveros, botellas, panderetas, picaportes, relojes de pared o de mesa, platos de cerámica, jarras, monedas, figuras de bronce o de madera, capotes, espadas, cabezas de toro, gorras, muñequitos, magnetos, carteles, libros, postales, sellos, revistas, fotografías... Y todo el largo etcétera de los objetos de utilidad, que los hay a miles y a cuál más raro y variopinto. 

El Vizcaíno.
Indispensable es detenerse en la taberna El Vizcaíno para tomar en ella una caña y unos altramuces, cosa que hice yo con religiosa diligencia, una barra situada en paralelo a la calle y que permite ver la plaza de Monte Sion que se abre al frente con el despliegue de sus puestos de venta. Vendedores y compradores vienen a resarcirse y a tomar un respiro en la sombra fresca del bar, con la conciencia clara de quien sabe estar cumpliendo con una costumbre ancestral de muchas generaciones de uso.
No compré nada en esta mi primera visita al Jueves, pues no era mi objetivo, pero salí de la calle Feria saciado de sabores que me hablaban del espíritu popular de todos los Jueves, Rastros, Encantes, Baratillos y Ferias de Ladra que abren en canal y llenan de poesía las urbes de nuestro Mosaico Ibérico, sin distinción de tiempos.


Al estar alojado en casa del titiritero Tomás Pombero y mientras charlábamos sobre el Jueves y otros mercados españoles de viejo, se acordó Tomás de un texto del también titiritero sevillano Julio Martínez Velasco (de la compañía Pipirijaina del Titirimundi) publicado en la recopilación de ponencias y debate del 2º Congreso de Titiriteros de Unima Federación España realizado en Sevilla en el año 1995. 

Cuenta Martínez Velasco que siendo estudiante de bachillerato y al ver un día a un viejo titiritero ‘malvender sus títeres por cuatro perras a un chamarilero en un mercadillo callejero de trastos viejos, el Jueves de la calle Feria’, se esforzó por comprarlos y devolverlos así al pobre trujamán. Lo buscó en la pensión donde se alojaba, pero llegó tarde: por lo visto, ya había muerto. Juró entonces que ocuparía el puesto de aquel hombre. Y acabó siendo titiritero de por vida.

Una hermosa y triste historia de títeres, rastros y Jueves.



[1] Mi visita fue en mayo de 2018, invitado por la 38ª Feria Intenacional del Títere de Sevilla.

Ovar

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